‘Los niños salieron despavoridos, algunas mujeres se orinaron’, relata un migrante tras la acción del Servicio Nacional de Fronteras panameño.

Apuntando con fusiles, desde la espesa selva salieron seis miembros del Servicio Nacional de Fronteras (SENAFRONT) de Panamá. Poco importó que entre los migrantes hubiera menores de edad. Los hicieron regresar sobre sus pasos hacia Colombia, contó un miembro de grupo.

Los migrantes salieron el sábado 26 de noviembre de la comunidad indígena de Arquia, en el municipio colombiano de Unguía, fronterizo con Panamá. Esta ruta fue abierta a principios del mes noviembre por los indígenas Tule.

«La ruta Arquía-Payita-Paya-Yavisa es más corta y segura, solo toma dos días y medio llegar hasta Yavisa, primer poblado de la carretera panamericana en el Darién panameño», dijo a DIARIO DE CUBA un miembro de la comunidad que pidió mantenerse en el anonimato.

«Nuestras autoridades tuvieron reuniones con Migración Colombia y Defensoría de Pueblo, ellos dieron vía libre para esta ruta. Igual hicieron nuestros hermanos de la comunidad de Yavisa, en Panamá. No entendemos por qué devolvieron a estas personas. Acá los estamos esperando para brindarles apoyo, alimentación y un techo donde guarecerse, cosa que no hicieron las autoridades panameñas. Hay peligro de que en Unguía se dé un represamiento de migrantes», dijo el indígena.

Unguía, es uno de los cuatro municipios colombianos fronterizos con Panamá. Los otros tres son Juradó, Riosucio y Acandí.

«Solo nos decían ‘se tienen que devolver'»

Después de caminar un día y medio, los migrantes, entre los que había cuatro cubanos, se encontraron con seis hombres armados con fusiles que les ordenaron regresar a Colombia. «Los niños salieron despavoridos, algunas mujeres se orinaron, nosotros venimos de países donde las autoridades asesinan violan los derechos humanos y por nada te golpean o te encarcelan», dijo uno de los miembros del grupo.

En medio del caos y presa del pánico, una niña de diez años convulsionó. «De nada sirvieron las suplicas, no les importó. Les pedimos agua y comida, y solo nos decían, ‘se tienen que devolver'», añadió la fuente.

Los migrantes que hablaron para este reporte pidieron que no se revelaran su identidades, por temor a futuras represalias. Según sus relatos, se escondieron en la selva con la esperanza de poder continuar, pero en la madrugada del lunes 28 de noviembre, los hombres armados, ya con uniformes y distintivos del SENAFRONT

, rodearon las carpas en las que dormían y les ordenaron salir.

«Les suplicamos que nos dejaran continuar, les dijimos que no éramos delincuentes, que éramos familias que huíamos del caos y degradación social y humanitaria de nuestros países. Ni se inmutaron, nunca había visto personas tan faltas de empatía», dijo uno de los migrantes.

«Por último, pedimos atención médica para nuestros niños. Ahí cogieron un radio satelital y supuestamente se comunicaron con sus jefes. Nos dijeron, ‘se tienen que devolver, es una orden del presidente de Panamá, solo hay una ruta autorizada, y es la de Capurganá’«.

Según una migrante, los dejaron varias horas, sin poder moverse y sin probar bocado ni tomar agua. «Uno de ellos nos dijo, ‘si se forma una balacera, no salgan de las carpas; hasta nosotros los podemos matar'».
 
Los migrantes fueron obligados a cruzar la frontera con Colombia. Antes, los miembros del SENAFRONT les tomaros fotos a todos. La guardia panameña montó campamento a escasos 20 metros del muro fronterizo, explicó un migrante.

En el momento de redactar esta nota, DIARIO DE CUBA recibió la denuncia de un indígena: «Nuestro bohío tradicional, que servía de reunión en el camino ancestral entre las comunidades Kunas de Arquía, en Colombia, y Paya, en Panamá, fue incendiado por el Servicio Nacional de Fronteras de Panamá, porque era usado por los migrantes para descansar».

«Claro que lo volveremos a intentar aunque nos cueste la vida», dijo un migrante cubano a DIARIO DE CUBA. «Para el migrante la muerte también es una opción de libertad«, dijo.

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Por cubabella

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